La mayoría de personas, entre las que me incluyo, tienen alguna plataforma contrada para ver contenido audiovisual. Entre la gran variedad que hay, no hay duda de que la más famosa es Netflix, una empresa de entretenimiento que nos ha traído grandes películas sin tener que movernos de casa. Este año sin ir más lejos hemos podido ver El irlandés, Historia de un matrimonio, Klaus, Los dos papas y Perdí mi cuerpo, películas nominadas a los Oscars.

 

Este acontecimiento, que ya habíamos intuido, pero en menor media el año anterior con Roma, hace que nos preguntemos si eso de ir al cine caerá en desuso y terminaremos quedándonos en casa. Ahora que podemos estar en el sofá, con una pizza y una manta mientras vemos una película de estreno del gran Martin Scorsese, ¿por qué vamos a gastarnos un montón de dinero y correr el riesgo de que haya una panda de adolescente en la sala que no nos dejen oír bien la película?

 

Quizás me estoy volviendo mayor o quizás disfrute demasiado cuando voy al cine, pero creo que, aunque es verdad que estas plataformas son estupendas y que el contenido audiovisual mejora por momentos, no cambiaría por nada el acontecimiento que es ir al cine. Porque aunque es verdad que corres el riesgo de que te molesten, de pasar frío por el maldito aire acondicionado o que vayas con toda la ilusión del mundo y la película te parezca lo peor, cuando vas y encuentras una película que te gusta, una película con la que conectas, no hay nada como verla en una pantalla gigante, con un sonido que te envuelve y que hace que parezca que estás dentro, no hay nada como olvidarte del mundo y estar ahí, disfrutando de una buena película. Y esa sensación, por mucho que queramos negarlo, no nos la puede dar una plataforma streaming.

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